[La Puta Ama]


[El Puto Amo]


[Ego Te Absolvo]


Todo empezó unos meses atrás, cuando un joven escritor mexicano de cuyo nombre no quiero acordarme me envió un poemario para que considerase la posibilidad de publicarlo. Cursé el correspondiente acuse de recibo y prometí responder tan pronto como me fuera posible. Sin embargo, se ve que para el autor lo de tan pronto como me fuera posible equivalía a de inmediato, ya que, al día siguiente, me volvió a escribir para preguntarme si ya lo había leído y decidido. Le contesté que tuviese en cuenta que, además de la editorial, tengo dos niños y un trabajo de sufrido profesor de instituto, razones por las que le rogaba que me concediese algo de tiempo, el justo para encontrarme en condiciones de contestarle con conocimiento de causa. En aquel instante, pareció conforme con mis explicaciones.

Hasta que, unos dos meses más tarde, sin ningún preámbulo (y se ve que cansado de esperar), me escribe de nuevo para llamarme completo imbécil y maldita diva de mierda.

Estupor.

Y así, como cuenta su prologuista, Fabio Betancour, nació Diva de mierda.

En ella han colaborado Arturo Accio, Vanna Andreini, Ginés Aniorte, Lalo Barrubia, David Benedicte, Timo Berger, Isabel Bono, Enrique Cabezón, Javier Cánaves, Pablo Caramelo, Rafael Courtoisie, Brigitte Chinchilla, Eduardo Chirinos, Manuel del Barrio Donaire, Jordi Doce, José Elgarresta, Matías Escalera Cordero, Alejandro Ferreiro, Florencia Fragasso, Sergio R. Franco, Francisco Fuentes, Pilar Galán, Concha García, Inaxio Goldaracena, Antonio Gómez, Ángel Manuel Gómez Espada, Cristián Gómez Olivares, David González, Diego González, Marino González Montero, Arturo Gutiérrez Plaza, Carmen Hernández Zurbano, Gonzalo Hidalgo Bayal, Toño Jerez, Nurit Kasztelan, Elsa López, Maia Losch, Juan Ramón Mansilla, Juan Antonio Marín, Juan Carlos Marset, Víctor Martín Iglesias, José Antonio Martínez Muñoz, Maurizio Medo, Carlos Medrano, Alejandro Méndez, Juan Carlos Mestre, Itzíar Mínguez Arnaiz, Eduardo Moga, Vicente Luis Mora, Elías Moro, Vicente Muñoz Álvarez, Luis Carlos Mussó, Pablo Enrique Osorio Abud, Juan Pardo Vidal, Víctor Peña Dacosta, Isabel Pérez Montalbán, Vanesa Pérez-Sauquillo, Javier Pérez Walias, Omar Pimienta, Jesús Pizarro Cañamero, Jorge Posada, Cecilia Quílez, Cristina Ramírez, Carlos Ríos, Antonio Rivero Machina, Elena Román, Darío Andrés Ruido, José Antonio Sainz, Ada Salas, Patricia Sánchez Abeal, Roger Santiváñez, Silvia Terrón, Beatriz Torres, Álvaro Valverde, Enrique Winter, Felipe Zapico y Jesús Zomeño.

[In Memoriam}


Literatura | Obituario

Francis Vaz: El último disparo de un francotirador
  • El escritor onubense Francis Vaz falleció el viernes a los 56 años por un infarto mientras escribía en su casa


[Lavapiés de libro: 5 novelas ambientadas en el barrio]


Hay barrios que inspiran, que constituyen una fuente inagotable de ideas, memorias e historias para artistas de toda índole. En París es Montparnasse, en Buenos Aires es San Telmo y en Madrid es Lavapiés. Con permiso del Barrio de las Letras, no cabe duda de que vivimos en uno de los barrios más literarios de la ciudad. Para comprobarlo, basta con perderse por las decenas de librerías y cafés literarios que pueblan cada esquina de Lavapiés o recorrer las calles que fueron refugio de escritores de la talla de Miguel de Cervantes, Gloria Fuertes o Valle-Inclán.
Al final las obras artísticas acaban espejando las vivencias de quienes las escriben y son muchas las novelas ambientadas en el barrio. Te dejamos cinco de ellas, para que puedas disfrutar en primera persona de la esencia de Lavapiés fijada entre ríos de tinta.

1. La forja de un rebelde, de Arturo Barea.

El escritor nació en Extremadura, pero creció y vivió en Lavapiés. Su fascinante vida quedó retratada en ‘la forja de un rebelde’, una trilogía en la que es posible asomarse a la vida del barrio a comienzos del siglo XX. Hijo de una lavandera que se ganaba la vida a orillas del Manzanares, el autor descubrió su pasión literaria en el pequeño piso abuhardillado del barrio, donde pasó sus primeros años de vida. Fiel defensor de la Segunda República, Barea tuvo que exiliarse tras la Guerra Civil, aunque su memoria siempre permaneció vinculada a nuestro barrio, al que siempre tuvo presente en sus libros. Ahora Lavapiés honra su figura con una plaza en el barrio, que lleva el nombre de uno de los escritores más silenciados -pero más brillantes- de la España de comienzos del siglo XX.

2. Cosmofobia, de Lucía Etxebarria.

En esta novela coral de la escritora valenciana nos sumergimos en una crónica viva y realista del barrio, en la que se entrecruzan varias historias. Víctimas de la violencia machista que van a terapia, niños que juegan en las ludotecas de Lavaiés, músicos decadentes y migrantes que pelean por hacerse un hueco entre tanta prisa y tanto individualismo se encuentran en las páginas de la novela. Con una precisión quirúrgica, Etxebarria aborda los miedos, anhelos y dudas de unos personajes que se buscan a sí mismos en una ciudad magnética pero cruel.

3. Tiempo muerto para Alí, de David Benedicte.

La cuarta novela del escritor nos sumerge en la vida de un adolescente musulmán del barrio. Con tintes de novela negra, la obra ahonda en las penalidades que sufre la comunidad musulmana para sobrevivir en una ciudad hostil y retrata la huida hacía delante de Alí, quien a sus 17 años se encuentra perdido entre los férreos valores en los que ha sido educado y sus ansias de libertad. El integrismo islámico, la intolerancia y la falta de expectativas de la juventud se dan cita en este thriller que recorre las 24 horas más intensas de la vida de Alí en una obra repleta de realismo sucio, crudeza e intensidad.

4. Una habitación en Lavapiés, de Maya Vinuesa.

La ópera prima de Viyuesa aborda la historia de Isabel, una joven que decide independizarse en Lavapiés y que lucha por encontrar su propia identidad. Su búsqueda, su despertar sexual y sus experiencias en un barrio donde caben todos los barrios son los hilos conductores de ‘Una habitación en Lavapiés’. La obra de la escritora madrileña se estructura en dos partes: una que narra las peripecias de Isabel en la actualidad y otra que hunde sus raíces hasta la mitad del siglo XX para contar la historia de la tía abuela de la protagonista, que vivió una historia de amor marcada por el colonialismo.



5. Vivir y morir en Lavapiés, de José Ángel Barrueco.

Si Lavapiés es un crisol de culturas, esta novela es un mosaico compuesto de historias aparentemente inconexas que se entremezclan y que acaban conformando un relato colectivo de nuestras calles. En ‘Vivir y morir en Lavapiés’ en escritor zamorano José Ángel Barrueco captura la esencia de un barrio que es posible odiar y amar al mismo tiempo. En sus páginas se dan cita los camellos, la policía, los poetas y los buscavidas, que componen un mosaico fascinante de Lavapiés.

Estas son solo algunas de las novelas ambientadas en los rincones en los que transcurre nuestro día a día, aunque hay muchas más. ¿Nos recomiendas alguna?

[Elvis Resurrection]

Uno de los epígrafes con que arranca esta novela nos dice, en palabras de Jhonny Carson: Si la vida fuera justa Elvis debería estar vivo y todos sus imitadores muertos. Pues aquí está el quid. La madre del cordero de las 208 páginas en que se desarrolla el argumento de Desgraceland. En la fotocopia. En la burda imitación. En ese vivir en postizo al que nos agarramos todos cuando descubrimos que, como decía el poeta, envejecer y morir es el único argumento de la obra. Vic Mamel, el protagonista de Degraceland, quiere vivir a la manera de un Elvis o un Sinatra porque nadie le enseñó a hacerlo de otra manera. Su universo resulta así tan postizo como el peluquín que corona su cabeza. Todo a su alrededor es la mala copia que se realiza a partir de un original defectuoso. Excesos que tratan de atenuar el panorama desolador de la decadencia cuando uno, tras el enésimo tiro de spiz que esnifa en los lavabos de un after, se enfrenta al tipo que le observa desde el otro lado del espejo dentro de un juego de reflejos rotos donde Alicia es la encargada de limpiar el váter por 300 lereles al mes. Si la vida fuera justa, Elvis debería estar vivo y Vic Mamel y los Rubeolas, su banda, no pasarían las mañanas de los jueves anhelando juventudes desfasadas y atizándose lingotazos de Black Label en esos camerinos cutres que siempre andan al borde de un desahucio. Si la vida fuera justa, el Cielo sería un lugar donde todos los días hay paella.



Fingir. Eso es lo bueno. El único remedio válido que nos ayuda a enfrentarnos al espejo. Es lo que hacemos todos cada día. Fingir que no somos quienes realmente somos. Engañarnos. Abrazar lo postizo. Y de ese fingir perpetuo y nuestro de cada día proviene la ficción. Puesto que el arte de la ficción es, en realidad, el arte de la mentira. Poesía es mentir con la mayor sinceridad posible, que dijo Bukowski en un pleno resacón en Las Vegas. Vic Mamel es ese poeta decadente y mentiroso que llegó tarde al siglo veintiúno y arrastra modales de ogro por un Madrid que es como un The Walking Dead repleto de zombis encaramados a sus respectivos patinetes verdes. Por una ciudad atestada de imitadores muertos. Por una autopista de peaje plagada de espejos rotos.

Desgraceland es una novela negra porque en el fondo, para qué nos vamos a engañar, toda novela es negra (bueno, menos las de Maxim Huerta). Toda novela es negra, o debería serlo, al igual que solo existe un tipo de realismo verdadero que es el realismo sucio. Todo lo demás son adornos. Ortopedias. Limitaciones. Imitaciones. Mala ficción. Desgraceland es una novela negra, demasiado negra quizá, que trata de seguir el compás marcado por Jim Thompson o Chester Himes. Thompson o Himes pasados por el espejo deformante de Vázquez Montalbán o de Pérez Merinero. Poca investigación policial, dotes detectivescas o hazañas de CSI leerán aquí quienes esperen una mala fotocopia de los best-sellers suecos al uso. Desgraceland es una novela negra, espesa, abetunada, hambrienta, fea y sentimental que sigue los pasos al delincuente nada común reconvertido en monstruo. A ese refugiado welcome que todos llevamos dentro. Desgraceland es ese país de mediocridades, nostalgias y negruras que bien podríamos denominar España.



Desgraceland es una novela negra rociada con el ambipur del realismo sucio, la cual, por culpa de la ficción, o de la mentira, adquiere por momentos apariencia de road novel. Eso es, una novela de carretera interior siempre a punto de quebrar por un exceso de peajes. Novela negra o road novel o crónica de sucesos multicolor que parece ideada para rellenar el contenido de las revistas faranduleras. Desgraceland es un país al borde del derrumbe y Vic Mamel su mandatario de excepción, quien se agarra al clavo ardiente de la desvergüenza mientras entona melodías pasadas de moda. O mientras nos cuenta su vida. Mientras nos miente. Por eso necesitamos que sea Bárbara, su mujer, su víctima, su viuda, su verdugo, quien retome el hilo de la historia para que podamos contrastar sus falsedades. Bárbara pondrá cordura donde solo hay insensatez. A Bárbara le toca dar un golpe en la mesa para poder reconducir, con sus propios embustes, tanta mentira. Bárbara es la heroína que provoca un estalllido de ternuras tras un tajante #MeToo. Pero hablo de un #MeToo nada postizo ni ortopédico. Bárbara reacciona de una forma nada legal con su propio #MeToo. Y lo hace por una cuestión de pura y dura supervivencia. Él o yo. Vida o muerte. No puede hacerse de otro modo. Y aquí es donde acaba la ficción para dejar paso a la sucia realidad. En ese preciso momento en que una mujer decide dejar de ser vapuleada por ese extraño con el que comparte plano frente a una tarta en caducas fotos de boda. Y llega la hora de matar con la mayor sinceridad posible.  Porque ya no hay alternativas. Sobre todo cuando se trata de decidir entre matar o morir, aunque sea de manera cotidiana e indolora, puesto que así es como matan los monstruos de hoy en día. Quizá no haya demasiada poesía en ese instante. Pero de lo que sí estoy seguro es que no falta verdad. Si la vida fuera justa Elvis debería estar vivo y todos sus imitadores muertos. El problema es que en la vida también hay un Tribunal Supremo encargado de repartir la injusticia. Por fortuna nos quedan las novelas como ésta en las que se puede fingir la justicia de forma más o menos poética.

A Desgraceland ha llegado una mujer, armada y peligrosa, que parece dispuesta a inaugurar los nuevos tiempos del #MeToo. El #MeToo verdadero. Se llama Bárbara y ya no atiende a razones, puesto que la sinrazón es la única razón válida cuando te obligan a ser de por vida víctima. Hacen falta ovarios para encender la mecha. La mecha de una pólvora que algún día correrá por los rincones de todas las ciudades en las que los hombres sigan sintiéndose miembros de un club superior por el mero hecho de ser hombres.


[Huelva Confidential]


[Poesía Pa´l Pueblo]


[‘Poemavera’ árabe]



La Poesía salva vidas. A mí, hubo un tiempo en que me salvó la vida. Cada media hora. Flotador de papel mojado, lo sé. Pero insumergible y efectivo. Como la herramienta que el jardinero esgrime para salvar al rosal de su agonía desde que la angustia ataca la raíz.
No obstante, esa misma Poesía, cuando es malentendida, resulta ser algo así como un  mal deporte de riesgo. El peor barómetro del espíritu. Juego ponzoñoso, mortífero. Mero pasatiempo similar a unos zapatos de hormigón armado. O a un disparo en la sien.
Porque las autoridades sanitarias no lo advierten, pero esa Poesía mata. Convertida en arma de destrucción masiva, cargados sus versos de metralla, puede reducir el flujo sanguíneo y provocar impotencia. Por eso debería estar prohibida su venta a mayores de cinco años, barbudos soberanos, jueces, profetas, mandos policiales y censores religiosos.
Y ya, cuando esa misma Poesía es pisoteada por la muchedumbre enfurecida, entonces sobran las palabras. Es el caso del poeta Ashraf Fayadh, sentenciado a muerte en Arabia Saudí por apostasía y abandono del Islam. Selecto club es este en el que, al parecer, igual que ocurre con la mafia calabresa y en algunos gimnasios patrios, nadie puede causar baja voluntaria.
Acusan de ateo los saudíes furibundos al joven poeta. De propagar ideas destructivas en contra de su dios. Distribuyen los monarcas absolutos participaciones en forma de latigazos. Y lo hacen a la luz de la luz mediática que se eleva a lo sombrío. Para que vivir sea alcanzar la muerte. “Los poetas no tienen biografía”. Lo dijeron Valente y Paz. “Su obra es su biografía”.
La obra de algunos, por desgracia, sigue siendo su funesto obituario.
En realidad, Fayadh va a morir por culpa de una sarta de metáforas malentendidas.
Aceptemos en el resto del mundo, una vez más, lo inaceptable: que a un poeta lo sacrifiquen por el todo al todo. O por el todo a la nada. Por la intransigencia y el sinsentido.
Primero será Ashraf Fayadh. Después nos tocará a nosotros.
Porque morir es un arte que, gracias a YouTube, conocemos muy bien.
Pero sigamos así: de línea en línea hasta cantar el bingo de nuestra vergüenza. Instalados ante el amanecer de los gemidos. Contemplemos al poeta como a un médium a través del cual podamos adquirir conciencia de nosotros mismos. Dejemos que, a partir de hoy, sean los poetas condenados a muerte quienes expliquen la historia de los pájaros a los niños.