[Miss Ticismo]








Las cosas no son mejores ni peores desde las alturas,
qué me vais a contar a mí. Medio centenar de nazarenos me pasea bajo nubes portadoras de lluvia y pienso en que quizá sea este el único acto de vanidad que me he permitido en la vida.

Desde lo alto de un crucifijo no hay mucho que descubrir. Os acabo mirando cara a cara. Como cada noche. Alrededor, hablan idiomas extraños. Mi delegada en el certamen sigue empeñada en que me haga una rinoplastia. ¿Qué quería? ¿Se entera ahora de que soy judío? «Tiene estilo, tiene clase, tiene naturalidad, es nada más que esto (le comenta al centurión romano señalando mi nariz). Es muy dulce, tiene un cuerpo muy mono y enseñándole a andar a lo mejor hubiésemos quedado de miedo».

Los gastos que garantizan una crucifixión en toda regla ascienden a 27.000 euros. Pago en negro riguroso que, en este tipo de concursos, es el color de moda. Descuento, eso sí, la sesión de fotos (fue suficiente con mostrarles la sábana santa) y los costes del traje regional (conservo aún la corona de espinas). El repaso de pómulos en el Instituto Médico de Nutrición, Cirugía y Estética corre a cuenta del mismo departamento que me ha subido al Calvario en un Fiat Stilo.

Y así, entre flashes y clavos punzantes, avanza la última procesión de la temporada. Los promotores se reparten, como es costumbre, mis harapos; uno coge las sandalias, otro el turbante, otro el cinturón, otro el manto. Sólo queda la túnica, que cortan en cuatro pedazos. Os miro desde la cruz a través de una cámara oculta y sonrío. La multitud se burla de mí (obtengo una cuota de pantalla del 49%).





«Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen», confieso (y, en este instante, acaricio a casi 4.228.000 espectadores).
Me rindo constantemente. Cansado, afligido, expuesto. Es lo que habéis venido a ver, ¿no? «Lo peor son las comidas (susurro ante la grabadora que hay camuflada en mi melena), siempre canapés, salvo en el almuerzo con el alcalde. Desde la Última Cena en casa de Elías Marcos no sé lo que es llevarse algo a la boca (miento)».


Cuidado conmigo,
soy el infiltrado
del que la gente
se aparta

cuando pasa
por miedo
a rozarse
con
Dios.

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