[Elvis Resurrection]

Uno de los epígrafes con que arranca esta novela nos dice, en palabras de Jhonny Carson: Si la vida fuera justa Elvis debería estar vivo y todos sus imitadores muertos. Pues aquí está el quid. La madre del cordero de las 208 páginas en que se desarrolla el argumento de Desgraceland. En la fotocopia. En la burda imitación. En ese vivir en postizo al que nos agarramos todos cuando descubrimos que, como decía el poeta, envejecer y morir es el único argumento de la obra. Vic Mamel, el protagonista de Degraceland, quiere vivir a la manera de un Elvis o un Sinatra porque nadie le enseñó a hacerlo de otra manera. Su universo resulta así tan postizo como el peluquín que corona su cabeza. Todo a su alrededor es la mala copia que se realiza a partir de un original defectuoso. Excesos que tratan de atenuar el panorama desolador de la decadencia cuando uno, tras el enésimo tiro de spiz que esnifa en los lavabos de un after, se enfrenta al tipo que le observa desde el otro lado del espejo dentro de un juego de reflejos rotos donde Alicia es la encargada de limpiar el váter por 300 lereles al mes. Si la vida fuera justa, Elvis debería estar vivo y Vic Mamel y los Rubeolas, su banda, no pasarían las mañanas de los jueves anhelando juventudes desfasadas y atizándose lingotazos de Black Label en esos camerinos cutres que siempre andan al borde de un desahucio. Si la vida fuera justa, el Cielo sería un lugar donde todos los días hay paella.



Fingir. Eso es lo bueno. El único remedio válido que nos ayuda a enfrentarnos al espejo. Es lo que hacemos todos cada día. Fingir que no somos quienes realmente somos. Engañarnos. Abrazar lo postizo. Y de ese fingir perpetuo y nuestro de cada día proviene la ficción. Puesto que el arte de la ficción es, en realidad, el arte de la mentira. Poesía es mentir con la mayor sinceridad posible, que dijo Bukowski en un pleno resacón en Las Vegas. Vic Mamel es ese poeta decadente y mentiroso que llegó tarde al siglo veintiúno y arrastra modales de ogro por un Madrid que es como un The Walking Dead repleto de zombis encaramados a sus respectivos patinetes verdes. Por una ciudad atestada de imitadores muertos. Por una autopista de peaje plagada de espejos rotos.

Desgraceland es una novela negra porque en el fondo, para qué nos vamos a engañar, toda novela es negra (bueno, menos las de Maxim Huerta). Toda novela es negra, o debería serlo, al igual que solo existe un tipo de realismo verdadero que es el realismo sucio. Todo lo demás son adornos. Ortopedias. Limitaciones. Imitaciones. Mala ficción. Desgraceland es una novela negra, demasiado negra quizá, que trata de seguir el compás marcado por Jim Thompson o Chester Himes. Thompson o Himes pasados por el espejo deformante de Vázquez Montalbán o de Pérez Merinero. Poca investigación policial, dotes detectivescas o hazañas de CSI leerán aquí quienes esperen una mala fotocopia de los best-sellers suecos al uso. Desgraceland es una novela negra, espesa, abetunada, hambrienta, fea y sentimental que sigue los pasos al delincuente nada común reconvertido en monstruo. A ese refugiado welcome que todos llevamos dentro. Desgraceland es ese país de mediocridades, nostalgias y negruras que bien podríamos denominar España.



Desgraceland es una novela negra rociada con el ambipur del realismo sucio, la cual, por culpa de la ficción, o de la mentira, adquiere por momentos apariencia de road novel. Eso es, una novela de carretera interior siempre a punto de quebrar por un exceso de peajes. Novela negra o road novel o crónica de sucesos multicolor que parece ideada para rellenar el contenido de las revistas faranduleras. Desgraceland es un país al borde del derrumbe y Vic Mamel su mandatario de excepción, quien se agarra al clavo ardiente de la desvergüenza mientras entona melodías pasadas de moda. O mientras nos cuenta su vida. Mientras nos miente. Por eso necesitamos que sea Bárbara, su mujer, su víctima, su viuda, su verdugo, quien retome el hilo de la historia para que podamos contrastar sus falsedades. Bárbara pondrá cordura donde solo hay insensatez. A Bárbara le toca dar un golpe en la mesa para poder reconducir, con sus propios embustes, tanta mentira. Bárbara es la heroína que provoca un estalllido de ternuras tras un tajante #MeToo. Pero hablo de un #MeToo nada postizo ni ortopédico. Bárbara reacciona de una forma nada legal con su propio #MeToo. Y lo hace por una cuestión de pura y dura supervivencia. Él o yo. Vida o muerte. No puede hacerse de otro modo. Y aquí es donde acaba la ficción para dejar paso a la sucia realidad. En ese preciso momento en que una mujer decide dejar de ser vapuleada por ese extraño con el que comparte plano frente a una tarta en caducas fotos de boda. Y llega la hora de matar con la mayor sinceridad posible.  Porque ya no hay alternativas. Sobre todo cuando se trata de decidir entre matar o morir, aunque sea de manera cotidiana e indolora, puesto que así es como matan los monstruos de hoy en día. Quizá no haya demasiada poesía en ese instante. Pero de lo que sí estoy seguro es que no falta verdad. Si la vida fuera justa Elvis debería estar vivo y todos sus imitadores muertos. El problema es que en la vida también hay un Tribunal Supremo encargado de repartir la injusticia. Por fortuna nos quedan las novelas como ésta en las que se puede fingir la justicia de forma más o menos poética.

A Desgraceland ha llegado una mujer, armada y peligrosa, que parece dispuesta a inaugurar los nuevos tiempos del #MeToo. El #MeToo verdadero. Se llama Bárbara y ya no atiende a razones, puesto que la sinrazón es la única razón válida cuando te obligan a ser de por vida víctima. Hacen falta ovarios para encender la mecha. La mecha de una pólvora que algún día correrá por los rincones de todas las ciudades en las que los hombres sigan sintiéndose miembros de un club superior por el mero hecho de ser hombres.


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