[Francotirador De La Prosa]


Algunas cosas ya no son como nos las enseñaron en la escuela. Allí aprendimos que los seres vivos nacen, crecen, se reproducen y mueren. Era una ley natural. Pues ahora surgen otros que, por definición, en ese lapso que media entre principio y fin, entre nacimiento y muerte, logran escribir novelas que se sitúan a la vanguardia de cualquier postvanguardia; crecen; componen poemas con un elevado componente crítico; crecen un poco más; asisten, como espectadores de excepción, a la Caída de Esos Dioses que hicieron de la Guerra Fría algo parecido a un horno; se reproducen; sobreviven a los fríos polares y académicos de la muy lejana Eslovenia; vuelven a reproducirse; sacan tiempo entre clase y clase para recopilar en un libro casi una treintena de historias de altísima factura moral, y, finalmente, después de haber formado a una legión de chavales y de haber añadido alguna que otra obra de teatro a su infinita bibliografía, mueren. Aunque confiemos en que ese momento tarde en llegar muchas décadas. Cinco o seis, por lo menos. Son los llamados seres 'letraheridos'. O sea, ‘raras avis’ también conocidas con el sobrenombre de 'autores de culto'.


Matías Escalera Cordero pertenece a esa especie. Es el número uno, según puede afirmar cualquier lector que haya caído en sus redes. Maestro de armas la muchachada feroz que hoy escribe por y para el pueblo. Por eso os doy esta tarde la bienvenida a la República Independiente de Matías Escalera Cordero. Por eso os doy esta tarde la bienvenida a la mira telescópica de Matías. Porque Matías, por encima de todo y sobre todo en cuestiones cuentistas, es un francotirador de la prosa. Un francotirador que nos apunta a todos y del que ninguno estamos a salvo. Matías tuerce el cuello a los cisnes de engañoso plumaje. Matías es un asesino de cisnes. Lo dicho: un francotirador de cisnes de pega. Rescato para explicarme mejor un extracto de 'La cuestión de Bruno', del escritor nacido en Sarajevo Aleksandar Hemon, a quien, como en la mili, se le presupone, no la valentía o el valor, sino el hecho de saber, perfectamente, lo que es un francotirador. El texto dice así:
«Supongamos que hay un Punto A y un Punto B, y que si se quiere ir de A a B hay que pasar por un espacio abierto que entra claramente en el campo de visión de un francotirador experimentado. Hay que correr del Punto A al Punto B, y cuanto más rápido se corra, más probabilidades habrá de llegar con vida.(…) Los días en que los francotiradores están especialmente rabiosos, también hay cadáveres desperdigados. Algunos supervivientes pueden ir arrastrándose hacia un refugio lejano, dejando un rastro de sangre a su paso, como babosas. La gente rara vez intenta ayudarlos, porque todo el mundo sabe que los francotiradores sólo esperan eso. Unas veces el francotirador acaba compasivamente con la persona que se arrastra. Otras, los francotiradores juguetean con las personas disparándoles primero a las rodillas, los pies o los hombros. Parece que han hecho apuestas sobre lo lejos que podrá ir esa persona antes de desangrarse.»
Bien, pues Matías pertenece a ese tipo de francotirador literario que dispara primero a los ojos del lector para jugar después con él. Pero no hay que tenérselo muy en cuenta, pues sus tiros, o sea, cada uno de sus relatos, tiene la virtud de sanar a quien los recibe. Bendita masacre la provocada por este asesino en serie de la escritura ñoña. Bendita matanza la de los cisnes analfabetos. Os aviso desde ya que una hora en compañía de Matías, o de su 'Historias de este mundo', resulta más instructiva que cualquier manual de literatura contemporánea. Kafka, Céline, Borges, Cortázar, El Lazarillo, el Cervántes de las Novelas Ejemplares. Matías es todos ellos y ninguno a la vez. E 'Historias de este mundo' son 29 soberbios cuentos que hemos de leer como si fueran trozos de un monstruo creado por el Doctor Escaleranstein. Un monstruo de papel que está repleto de alma y juega con una niña en la ribera de un río en blanco y negro para, después de fundir en negro, huir perseguido por esos nuevos lectores que confunde la levedad de un post o de un tuit con la contundencia de un relato escrito desde el epicentro volcánico de las tripas, es decir, un relato ciudadano de la República Independiente de Matías Escalera Cordero.


Imagina Matías Montevideo, o Buenos Aires o Santiago, capitales en las que nos dice no haber estado nunca, y las levanta ante nuestros ojos como ciudades sentidas, imaginadas y reedificadas por las abuelas buscadores de lo oscuro. ¡Cuidado, mucho cuidado con lo que hacéis, con lo que sois, porque Matías tiene un ojo de cristal, el de su abuelo, caído por el Sindiós de esta Insensata España, que durante tanto tiempo guardó su abuela en su mesita de noche. Y gracias a la visión destartalada pero tenaz de ese ojo postizo, se asoma Matías a los horrores de esta perra vida. Y nos cuenta lo que ve, no para espantarnos como a niños en mitad de una noche oscura, sino para dar fe de que lo peor siempre está ahí, por llegar, al final de cada párrafo ingobernable, bajo la metáfora precisa, en el interior del breve sueño de los desposeídos del Mundo Libre.

Leyendo a Matías se aprenden lecciones que nunca aparecen, sin embargo, en los tratados de urbanidad. Consejos y perlas que nos ayudan a hacer más soportable, o insoportable, el día a día. Ahí va uno: «En la calle y entre la basura, se aprenden algunas cosas. Te encuentras con tipos de todas las clases, unos no hablan, no dicen siquiera esta boca es mía; otros, sin embargo, no paran». Existe, pues, un mundo cuyo destino regenta Matías con absoluta soberanía. Un lugar en el que nada sucede si él no lo ordena. En el que rigen otras leyes. Una República en la que un abrir y cerrar de ojos dura cuanto él quiera. Y esa es la República de la Buena Literatura. Algo parecido hoy en día a la Atlántida.
La retranca perdigonera del gran Cela, ese gallego pugnaz del que no se acuerda ni su hijo, esa retranca, digo, que a su vez fue herencia de Quevedo, de Cervantes, de Gutiérrez Solana, de Valle, tiene en Matías a un continuador repleto de fe, metáforas y ese ánimo punzante de innovar (pro-vo-can-do) en cada adjetivo; de reflejar lo que somos (un rebaño de monos con ínfulas) en el espejo deformante de nuestras ruinas; de recordarnos que, como dijo Arthur Miller en uno de esos días de resaca metafórica, todos estamos muertos.

Se pregunta un personaje de Matías, o sea, él mismo, en una punzante historia llamada 'El nombre de la mesa': «¿Cómo se conseguirá esa bendita nadería?, ¿cómo poder pasarse toda una tarde, como hacen sus vecinos, hablando de las excelencias de un tubo de respirar [… ¡con válvula de retorno incluida! …] que se acaba de adquirir en Carrefour, o disertar relajadamente acerca del pavimento de gres, o de una secadora último modelo?».
Ahora me pregunto yo. ¿Cómo se conseguirá esa bendita grandeza?, ¿cómo poder facturar, a borbotones, un libro de cuentos en el que, a lo largo de su lectura, las medias sonrisas de feliz complicidad se sucedan sin pausas ni fines?, ¿cómo lograr que el lector se sumerja en el fondo submarino de cada relato con la pasión por la letra escrita por toda válvula de retorno?

Imagino que para contestarnos a esto Matías tendrá que sacar, y mostrarnos, el ojo de cristal de su abuelo, ése con el que ve más allá del más allá. Nada más sencillo. Porque ese ojo es de papel, se llama 'Historias de este mundo' y es el que hemos venido a presentar aquí.


Matías, además de un gran escritor, es mi amigo. Con lo cual, se trata de una amistad que se sustenta doblemente y yo sólo puedo sentirme orgulloso de ello. Pero orgulloso con ese viejo orgullo de la gente en pie de guerra que Matías conoce tan bien.


Gracias.

Leído en la presentación de 'Historias de este mundo', de Matías Escalera Cordero, en el Ateneo madrileño.

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