[Entropía Poética]


 
 
 
 
Cuando, como miembro del Comité de Lectura,  me enfrenté con el original de este libro que hoy presentamos ya hubo un chispazo de buenos presagios, no sólo por el título Poemarx, que sin saber de qué iba ya me parecía un hallazgo por el juego de palabraspor la ingeniosa composición de la portada, muy similar a la que figura en la página 15, y que era la orla de la Metro Goldwyn Mayer en la que se había sustituido al leónrugiente por un Carlos Marx haciendo el signo de la victoria,sino, sobre todo, por el seudónimo utilizado por el entonces desconocido autor, Marga Nelken, que ya son ganas de ir rompiendo casi antes de comenzar. 
Las expectativas, pura intuición, se cumplieron y el poemario ganó el XXXI Premio de poesía “Ciudad de Badajoz”. Al final su autor resultó ser David Benedicte, un madrileño de 1969, al que ya conocía por haberlo leído en el suplemento semanal del diario HOY, licenciado en periodismo, escritor, novelista y poeta. Y el libro, muy bien editado como es costumbre en Algaida, nos regala además una magnífica portada de Miguel Ángel Martín, que capta perfectamente el espíritu y la miga de los poemas con un dibujo claro e inquietante de las gemelitas de El resplandor en plan grafiteras siniestras.
 
El poemario no es poemario al uso, de modo que hay que pasear por sus páginas con los ojos bien abiertos, limpios, sin ataduras ni prejuicios que puedan evitarnos disfrutar de él. Lo más clásico que nos encontramos en sus páginas es un soneto mudo cuyos dos tercetos son la traducción que el autor hace de los estertores bocineros (“jonk, jonk”) de Harpo Marx. Pródigo en citas que no coloca este autor, como hacen otros, a beneficio de inventario, y que deben leerse, por tanto, con la misma atención que los poemas, destacaré estas tres que les adelanto porque creo, a toro pasado y leído, que pueden darles la clave de lo que se van a encontrar. La primera de ellas, es una pintada del mayo francés: “Dios ha muerto, Marx ha muerto, y yo tampoco me encuentro muy bien”. La segunda, del escritor y filósofo francésGeorges Bataille, que escribió: “Lo reiteraré de todas las maneras posibles: el mundo sólo es habitable a cambio de no respetar nada”. Y la tercera, del belga Raoul Vaneigem“No hay símbolo, por aborrecible que sea, que los juegos de lo viviente no tengan el poder de disolver”. Junten las tres, agiten la coctelera, añádanle un lingotazo ácrata, unas gotas de descaro más el oficio asentado de un escritor curtido, y el temible y demoníaco relativismo que tanto denuestan ahora los vendedores de orejeras se queda en repostería de convento. A partir de ahí, y por eso, o al revés si se regresa al futuro, se encontrarán ustedes con un libro que es un torrente iconoclasta, gamberro, imaginativo, escéptico, con una arquitectura formal que el montaje final del director ha mejorado, y en la que paseamos por un mundo de ficción realista, por un maratón peliculero en el que materialidad y fantasía no están constreñidas por fronteras, sino que se mezclan y se confunden y se parasitan mutuamente. Con un estilo apabullante hasta lo lisérgico, nos sumerge en una sucesión de historias posibles por imposibles, que la magia del cinematógrafo inmenso que es la vida hace realidad: 
vemos al filósofo Karlquinto de los hermanos Marx y Harpo, digo, perdón, Francisco Harpo, Caudillo de España por la gracia de Dios, mientras asisten en un cine porno a la felación que Mónica Halkova ejecuta a un elegido, manteniendo un diálogo desopilante en el que se establece el onanismo como una nueva forma de religiosidad a la que el capitalismo nunca podrá corromper; asistimos a la encarnadura, junto a los antiguos cines Luna, de un nuevo Cristo que ha colgado su cruz en una alcoba sembrada de desórdenes y congoja y para el que el cielo es un restaurante donde todos los días hay paella; descubriremos queLeopoldo María Panero, el que está hasta el puto culo de sí mismo, morirá en 2047, mientras su padre es un zombi que juega al golf con PemánRosales y otros poetastros falangistas al tiempo que él, en la vigilia de un sueño, les ofrece el manjar desu cerebro; conoceremos que Fatty violó a Virginia Rappe por amor a Gustavo Adolfo Bécquer y sus candorosos versos y, para no seguir, oiremos la confesión del peluquín de Frank Sinatra, que nos cotillea los amoríos y coqueteos mafiosos de su dueño.
 
Intercaladas entre estas historias, que serían el grueso del libro, o sea, el programa central de la proyección, se nos ofrece una serie de fogonazos, de cortos, casi de escenas que, en dos o tres versos, recrean otras tantas películas que ya son distintas después de esa luz poética que las ilumina y nos ciega. Las  fantasmagóricas gemelitas de El resplandor, a las que aludía al principio, violando a Jack Nicholson, ese escritor desquiciado y poseso que vive en un mundo irreal que lo domina y que es, en cierta forma, paradigma de todo escritor que se precie de serlo, es una escena imaginada que le da al original una dimensión aún más terrorífica; o la jirafa contestataria de El rey leónprotestando contras las monarquías hereditarias y haciendo así terrenal la metáfora, son dos buenos ejemplos de esa vuelta de tuerca con la que el poeta nos ofrece su visión, nueva y deslumbrante, de las mismas.
 
Con todo, deberemos de ir con cuidado para que la claridad de estos destellos no nos impida ver la luz de un magnífico libro de poesía, de peculiar lirismo, profundo, contundente, de una calidad que se mantiene sin flaquear, muy bien definido en su mensaje, lleno de contrastes en apariencia contradictorios y que, sin embargo, acaban encajando con perfección de tetris. Un libro que hay que leer más de una vez para paladearlo en todos sus matices, que hay que repasar para poder disfrutarlo en toda su extensión interior y atarlo en corto para que no se nos desmande más de la cuenta, porque algo salvaje sí que es por momentos.
Si para muestra de dicotomía vale un poema, me van a permitir que les lea el de la desventurada historia de un habitanteanónimo de Triste, pequeño pueblo oscense.
Se titula Happiness, o sea, Felicidad, y dice así:
 
Yo soy de Triste.
Nací aquí,
en esta aldea
de la que apenas he salido
desde que perdí a los míos
en un incendio
y en la que hoy,
vaya usted a saber por qué,
sólo quedamos 18 vecinos.
 
Le diré, eso sí, que hay de todo
en este lugar.
No crea que es norma entre los tristinos
mantener un rictus tan circunspecto
como el mío.
Ocurre que, en mi caso, soy de natural mohíno.
Lo llevo dentro.
Contaba mi madre, que el Buen Dios tenga en su seno,
que no dejé de berrear hasta que cumplí los 13 años.
Y que lo con pesadumbre,
tan cariacontecido
como cuando ahora vea una de mis pelis favoritas:
Ghost y Mar Adentro.
 
O como cuando escucho el Réquiem de Mozart,
o el de Fauré, o el concierto acústico de Perales.
 
Disfruto, ya le digo, con los días de lluvia
convertida en aguacero.
Suelo vestir de luto,
apostar al negro en los casinos on-line
y colarme,
cual viejo amigo del finado,
en los entierros de la comarca
a los que acudo llorando
a moco tendido.
 
Tuve una vez un amigo.
El cartero.
Pero cortamos nuestra relación
por incompatibilidad de caracteres,
en cuando me contó el tercer chiste.
 
Sollozo porque me hago viejo.
O cuando me acuerdo de mi exnovia.
O porque nadie en el pueblo coge
los bajos del pantalón.
 
Ahora, si me disculpa, he de dejarle.
Es la hora de mi llanto inconsolable de las siete.
 
 
 
He leído hoy en la prensa digital dos titulares que parece que se han confabulado para tratar de amargarnos este acto.El libro celebra su muerte, decía uno. El otro aún es más peliagudo:El cine pide clemencia a Montoro. El panorama, ya ven, es de aúpa. No obstante, creo que libros como éste, rompedor y valiente, que despeja certezas y alimenta dudas, nos sirven de refugio contra esa realidad apocalíptica y agorera que parece que nos rodea, no para huir de ella u ocultarla ocultándonos, sino para tratar de impedir augurios tan pavorosos como los que presagia
Así, quizás, lograremos evitar que el libro muera y que el cine tenga necesidad de implorar. Y si nosotros no lo conseguimos, pues que venga Harpo y lo arregle a bocinazos.
 
 
                                 Jaime Álvarez Buiza, 23 de abril de 2013.
                                                                     Día del Libro.

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