[K.O.]



Marciano nunca tuvo muy claro qué hacer en esta puta vida. ¿O era en la otra? Da igual. Su cabeza de hombre cabal quedó diseminada por cada ring frecuentado como prometedor púgil a lo largo de su maldita juventud. Noqueado en más de cien ocasiones, llegó a escribir de él algún cronista deportivo que sus sesos de encajador implacable se desperdigaron por toda Cuba a base de sucios izquierdazos y amargos knock-outs. Marciano despertó una noche bajo los efectos de una dimensión paralela, le costó incorporarse de la camilla de masajes tanto como si ya estuviese muerto y boqueó una frase ininteligible antes de lanzarse a vomitar una riada de sangre dulce y pálida. Marciano había resistido nueve infernales asaltos por una bolsa insignificante: doscientos pesos netos y el derecho a recibir asistencia médica con oscuras garantías. Por eso camina ahora sin rumbo por ese universo de locos que es La Habana. Marciano es la sombra de un peso welter resignada a reproducir estatuas tristes. Arrastra en su languidez unas espaldas tan castigadas que lo obligan a recogerse. Y esquiva los derechazos certeros que le envían desde el interior de su roto cerebro esos eternos aspirantes con mirada de esclavo loco. Ocurre en el ensordecedor griterío de un cuadrilátero de fábula. Al comienzo de una gran velada.


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