[Guía Campsa de cementerios]


Bostezando toma de nuevo rumbo al norte y concluye con un
y por eso, en resumidas cuentas, buscamos al hijo de Dios
que suena convincente; pasa un rato, y pone toda su atención en la línea discontinua y el carril derecho. Tú asientes entretanto con la cabeza e intentas recordar cómo te metiste en este lío mientras rebotas a causa de los baches, a más de cien kilómetros por hora, dentro de un Simca 1.200 con un negro al volante que ocupa en las curvas todo su carril y parte del contrario. El porro se le ha apagado. Lo enciende de nuevo con el mechero del coche. Cierras los ojos. Y los pensamientos te llenan de reacciones encontradas. El mundo entero sólo parece contener rigidez y frialdad. A cada momento sientes un temblor que hiela tu espalda, como si acarreases una bolsa de nieve. Aunque es primavera. Y llevas un traje negro y grande, dos, tres tallas por encima de la tuya, prestado y enorme,
a la luz temblorosa de los faros aparecen dos señales torcidas:
eStÁ UsTEd SaLieNDo dE gAZa y vUeLVa pROnTo,
¿y tú? ¿Adónde vas tú, colega?: te pregunta
y ves un par de enormes ojos oscuros paseándose por el retrovisor,
ni idea: le respondes: digamos que, en realidad, huyo. Me persiguen,
¿quiénes?
la Santa Compaña,
ah, ésos,
asientes buscando su aprobación en el espejo, y lo miras largamente,
son todos iguales: añade, y frunce el ceño,
parece ahora bastante tranquilo, controlado,
ya, ya: le aclaras: unos tarados. Aunque es culpa mía que todo fuese una chapuza. Por viajar con ellos. Acababa de aterrizar y no sabía adónde ir. Llegamos hasta la costa. ¡Son un hatajo de buitres que están dispuestos a amasar una fortuna como sea! ¡Qué idiotas! Huelen raro y les gusta demasiado el dinero. Aunque tuvo gracia. Quisieron endosarme un bebé. Algo tremendo. Surrealista. Pero si hasta dijeron que se parecía a mí,
no me extraña,
¿cómo que no te extraña?
actúan así para captar adeptos,
por mí que se vayan a la mierda. No serían capaces de pescar un pez en un barril,
ajá: asiente el negro frotándose vigorosamente la nariz: por cierto, me llamo Linares,
después se te queda mirando, y dice
tenemos mucho en común, ya te digo. Sí, seguro,
del cuello abierto de la camisa le brota un chorro de pelos cobrizos,
para empezar: añade: yo tampoco sé adónde nos dirigimos,
tú no te lo crees, por supuesto, y por eso suspiras hondo, y tu suspiro tiene su eco en la bola de colores que cuelga del techo. Examinas después con detenimiento el mecanismo danzante del salpicadero, que parece respirar aún y ser el rey del rocanrol, pero no lo es. No es sino un muñeco, una copia en miniatura de Elvis Presley. Para camioneros y taxistas fanáticos. Paseas larga y pesadamente tu mirada por el interior de este coche que os traslada lejos del mar. Todo está descolorido y raído, con manchas de moho; el suelo sembrado de patatas chips aplastadas y hay cassettes y envoltorios de maná industrial esparcidos por todas partes. Se percibe un extraño olor de lugar cerrado. Te acomodas en tu rincón y dejas caer la cabeza hacia atrás.

Extracto de 'Guía Campsa de cementerios', novela que aparecerá publicada en los próximos meses.

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